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2.- La familia de Abanamaqfar.


    Entre la primera guerra civil, que llevó al poder a los Omeyas Mayores, y la tercera guerra civil, que los sacó del mismo, ocurrió la segunda guerra civil, en la primera mitad del reinado de Abdal Melik.

    En esta segunda guerra civil se fue distinguiendo por su disciplina y su carácter firme, valiente y estricto, un oficial pro-Omeya llamado Hadyajsh Abanyusuf, el cual ascendió a general, y con este ascenso el Califa Abdal Melik le dio el encargo de someter y destruir al último rebelde, que tenía el reducto de su poder en el Hiyaz, en la mismísima ciudad de la Meca.


    Una vez que Hadyajsh terminó con aquel rebelde, se le concedió el gobierno del Erak, es decir, la antigua Mesopotamia. Hadyajsh inmediatamente instaló su sede provincial en la ciudad de Kufa, la cual estaba “infestada” de Shias, pues es una ciudad importantísima en su historia y su tradición, y representaban estos partidarios de los descendientes de Ali un peligro potencial.

    Pero Hadyajsh aplicó el dicho “mantén a tus amigos cerca, y a tus enemigos más cerca”, por lo que siguió administrando al Erak desde allí. Pero cómo no se puede mantener una tensión constante, Hadyajsh también puso su segunda sede de gobierno en la ciudad de Basrah, básicamente para “gobernar más agusto durante algunas temporadas”.

    En esta última ciudad, Hadyajsh comenzó a aplicar las políticas arabistas de Abdal Melik, pues primero mandó traer a los burócratas de otras partes del Imperio, pues por las rebeliones y la guerra civil, la ciudad de Basrah estaba casi desierta de administradores. Así mandó traer a funcionarios de Siria, de Palestina, de Juzistan, Persia, Azerbaiyan, etc… Luego llevó a jóvenes árabes estudiosos del Corán para que se educaran con los burócratas Siro-hablantes y Pahlab-hablantes, y así una vez que estuviesen listos, los sustituyeran en los cargos administrativos del Erak.

    Uno de los secretarios, que llegó a trabajar, y que fue contratado como maestro, se llamaba Harzad Abanhardadiyeh. Venía de la ciudad de Gur, en el actual Irán, y creía que sólo iba a trabajar allí y que cuando fuera más viejo, su hijo Dadiyeh (a quien dejó la administración de sus tierras) Abanharzad lo sustituiría en el cargo.

    Por la lejanía con su tierra, Harzad le escribía frecuentemente a su familia allá en Gur, por lo que es natural que cuando intuyó que su hijo probablemente no heredaría aquella plaza, le escribió para que no se hiciera ilusiones.


    ¿Se resignó por esto Dadiyeh haciéndole caso a su padre? Por supuesto… que no. Así pues, le escribió de vuelta a su padre diciéndole que le informara al gobernador de una comitiva que se aproximaba, en la que iba su hijo.

    ¡Y qué manera de llegar a Basrah! Un heraldo presidía a la comitiva, la cual venía al modo militar, con una pequeña guardia de lanceros, cubierta por corazas sencillas, escoltando a un grupo de 3 jinetes, dos vestidos como arqueros acorazados, llevando uno de ellos un estandarte militar, mientras que el caballero de en medio va magníficamente armado, con una coraza reluciente, con su mismo corcel que también luce una armadura equina, y portando este caballero un halcón en su mano derecha.




    Entra en la ciudad de Basrah, en la cual le dan permiso expreso por el gobernador para ir hasta el palacete, por lo que este grupo de 7 guerreros va cruzando la calle principal en dirección a este. Una vez que llegan, y que el gobernador, su secretario Harzad y algunos guardias salen al encuentro de ellos, el caballero exclama en el idioma Pahlab, pero es traducido por Harzad al árabe:


    “¡Mi señor gobernador Hadyajsh Abanyusuf! La unidad militar de su siervo Harzad está aquí. La preside el caballero Dadiyeh, hijo de su siervo Harzad, de la órden sagrada de Dihakaneh. ¡Pongo a su disposición mi espada y mi brazo batallador! ¡Así como los servicios que puedan serle útiles de estos lanceros y arqueros! ¡Sólo díganos donde debemos combatir y lo haremos! O cualquier cosa que usted disponga, estamos aquí para servirlo con honor y en pos de la Gloria de Dios” 


    El gobernador Hadyajsh no sabe cómo reaccionar, pues este gallardo caballero le causa al mismo tiempo risa y simpatía, como también algo de admiración y hasta halago por lo que ha escuchado traducido al árabe, así que lo invita a entrar en palacio, junto con los otros dos jinetes, mientras que los lanceros cuidan a los caballos.

    En el palacio disfrutan de un buen banquete, y en la noche de ese mismo día padre e hijo: Dadiyeh y su padre Harzad, discuten hasta acordar que el muchacho se quedará al menos un mes junto a su padre. Sin embargo durante ese mes los modos cuidadamente notorios de Dadiyeh le causan más y más curiosidad al gobernador, por lo que el joven causa que Hadyajsh hable con su padre, autorizándole así a quedarse más tiempo, sólo por curiosidad.

    Pero además de convivir familiarmente con su padre, Dadiyeh va estudiando poco a poco el “nuevo” idioma oficial del Califato, el árabe, por lo que transcurrido el tiempo, Dadiyeh se convierte en alumno oficial de su propio padre, y futuro secretario del gobernador.


    Pasado un año, Dadiyeh ya sabe defenderse muy bien en el conocimiento del idioma árabe. Al siguiente año está ya acostumbrado a las tareas de secretario palatino, pues es asistente de su padre. Así que Harzad decide, lleno de orgullo, darle el puesto a su hijo y retirarse a su pueblo natal en Gur, feliz de que un puesto de tanta importancia haya quedado en manos de su hijo, mientras que su hijo se queda como uno más de los secretarios de palacio, el primero de esa generación de jóvenes funcionarios que hablaban el árabe, pero el único de los nuevos secretarios de palacio que racialmente no lo era.

    Así fue como Dadiyeh, con la mezcla de presunción disfrazada por un supuesto “celo” por las tradiciones, y su gran carisma personal, logró que Hadyajsh lo eligiera como su secretario particular. Luego, en ese puesto, el joven Dadiyeh siguió fascinando progresivamente al gobernador, pues este, como un árabe “advenedizo” que había llegado al poder provincial con un bagaje cultural muy sencillo, que consistía en conocer el Corán, gobernar anteriormente ciudades árabes y destacar en el ejército, de pronto se topó con una muestra de una cultura mil veces más sofisticada, (pero nunca débil ni “afeminada”) y así estaba deslumbrado por las tradiciones que protegía la sagrada orden de los Dihakanehan.


    Dentro de la sagrada orden, la familia de Dadiyeh pertenecía por el lado materno a la familia de Mihranbej, rama a su vez de la excelsa familia de extraordinario linaje Mardabay, del mítico clan Mog. Por ello, los miembros de esta familia eran custodios hereditarios de los grandes archivos de los reinos que gobernaron en el Erak, en Persia, y en el Irán.


    Así que Dadiyeh le sugirió al gobernador lo que era un proyecto familiar: la construcción de una nueva ciudad con los cánones arquitectónicos de la derrocada dinastía Sasánida del Imperio pre-islámico, usando inclusive un plano de la construcción de la antigua ciudad de Tizfun como base para elaborar el de la futura sede gubernamental.

    En vista de que las ciudades de Kufa y Basrah eran cada vez más un foco de rebeliones y peligros reales de muerte para el gobernador y para todos los que estuvieran relacionados con el funcionariado, es que Hadyajsh envió un informe al Califa, y este le dio el visto bueno del proyecto al gobernador, por lo que este autorizó la construcción de una nueva sede gubernamental.

    El hecho de que Dadiyeh se convirtiera en unos cuantos años, de ser un invitado que ni era árabe, ni sabía árabe, en el secretario personal del gobernador, y que su iniciativa de construir una ciudad (de estilo Iranio) fuera autorizada por el segundo hombre más poderoso del Califato (Hadyajsh), despertó la envidia de los otros secretarios, burócratas y funcionarios árabes, en particular de un tal Ziyad Abanbikabsha, por lo que el a la cabeza de los otros envidiosos comenzó a acusar al secretario de conspiración junto a los rebeldes, de pretender gobernar de facto a la mitad oriental del Califato, de tratar de usar al gobernador como títere, de ser un corrupto, etc… obviamente estas acusaciones eran infundadas, y por ello Hadyajsh no les hizo el menor caso.


    Sin embargo las rebeliones estaban a la orden del día, poniendo en peligro la misma vida del gobernador, teniendo que sofocar revueltas lejanas y cercanas: esto fue minando su paciencia hacia todos los grupos no árabes al oriente de Siria.

    Por ello Hadyajsh se endureció, tomando medidas drásticas, dictatoriales y hasta casi genocidas, dando terribles órdenes a sus generales y subordinados: desde seguir cobrando la Giezya a los nuevos musulmanes, hasta matar, encarcelar, desterrar y destruirles sus casas a los iranios, persas, mesopotámicos Iraquíes, Pahlab-hablantes y cualquier no-árabe y hasta árabes que tuvieran cualquier relación con los rebeldes anti-Omeyas.

    Fue entonces cuando el altanero Dadiyeh le reclamó a Hadyajsh de forma áspera e insolente al gobernador, recriminándole el endurecimiento contra los Pahlab-hablantes, así como de todos los pueblos afines a ellos: iraníes, persas, iraquíes, etc… por lo que la paciencia del gobernador se fue minando también para con su secretario personal, pero debía soportarlo, al menos mientras se construyera esa nueva ciudad.

    Por lo que, cuando fue construida la nueva sede del gobierno, y fue llamada Uasid, y cuando se hizo un gran festejo, Hadyajsh decidió que ya no necesitaba de su secretario, por lo que hizo saber de manera secreta al rencoroso Ziyad que esta vez sí daría oídos a una acusación, siempre y cuando no fuera nada escandalosa ni “amarillista”.



    Fue así que Ziyad, a la cabeza de otros secretarios conjurado, lanzó la acusación a Dadiyeh de malversación de fondos y corrupción. Estos pérfidos secretarios plantaron evidencia y presentaron testigos falsos, mientras que Hadyajsh no veía la acusación desde la perspectiva de una cobarde difamación, sino desde la perspectiva de acallar cualquier tipo de disidencia o discordancia con su “necesaria política” de represión: el gobernador necesitaba que Dadiyeh fuera culpable.

    Así que el gobernador aprobó el veredicto de culpabilidad contra el inocente pero insolente Dadiyeh, por lo que este fue condenado a que se le aplastara su mano con las ruedas de una carreta…

    Estuvo varios meses recuperándose en Uasid, la misma ciudad que había ayudado a construir, y mientras estuvo así, mandó cartas a su padre para que le preparara la estancia para su pronto regreso a Gur, en Irán, lejos del sitio de su castigo y humillación posterior: y digo humillación posterior porque Ziyad y los vengativos y rencorosos árabes lo llamaron “Maqfar”, lo cual se dice en árabe “mano seca” o “mano marchita”, pues conocían bien como queda una mano después de haber sido aplastada de tal forma.

    Así, entre humillaciones e injurias por parte del malagradecido gobernador, el triunfante y pérfido Ziyad y los burlones y patéticos envidiosos secretarios, fue que Dadiyeh tomó sus libros y emprendió el viaje de regreso a su “modesto” (clase media-alta) hogar en Gur.

    Una vez en su ciudad natal, su padre Harzad le arregló un matrimonio con una honesta joven llamada Mahurani Abantazadmard, con la que años después, Dadiyeh llamado Maqfar tendría a un hijo llamado Ruzbeh, hijo de Dadiyeh, el cual después fue llamado Abanamaqfar.

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Este capítulo es parte del libro: Cultura, cultivos y jardines. 

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¿Para que te quiero?

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1.- El mundo en el que nació Abanamaqfar.


    Después de cerrarse el periodo de los Califas justos, se abrió el periodo de los Califas de la dinastía de los Omeyas Mayores, y naturalmente este periodo inició plenamente con el Califa Moauiyeh. En ese periodo, y bajo el mando de los Omeyas, es que los ejércitos del Islam conquistaron a prácticamente todo el mundo conocido. Es en este mundo en el que nació Abanamaqfar.

     Como el Califa Moauiyeh tenía a sus partidarios en Siria, y sabiendo que instalarse en Arabia era instalarse en el epicentro de los conflictos, conspiraciones y asesinatos (2 Califas de 5, -prácticamente el “40%” de los Califas hasta ese momento- habían sido asesinados en Medina, en Arabia) decidió lógicamente instalarse en Siria, provincia llena de partidarios, familiares y nuevos terratenientes (oficiales suyos conquistadores) que lo apoyaban, así que se instaló en esa tierra, mandando construir su palacio en la ciudad de Damasco.

    Una vez ganada la seguridad inicial, Moauiyeh formó un consejo de oficiales notables, para que le juraran fidelidad a su hijo Yazid El Príncipe primero, por lo que en los hechos Moauiyeh estaba convirtiendo el Califato en un Reinado, es decir, en un Imperio gobernado por una dinastía hereditaria: los Omeyas.

    Luego, inspirándose en el protocolo de sus vecinos Romanos de Anatolia, Moauiyeh vistió ropas Imperiales, se rodeó de una fastuosidad increíble en su palacio de Damasco, creando esa parafernalia típica de los Reyes, la cual, por patética que se vea al pretender mostrar al monarca como alguien “casi Divino”, tiene su razón de ser como símbolo disuasorio para que otras personas no intenten usurpar el poder, pues pocos apoyarían al usurpador si “no tienen sangre azul”. No es el método más efectivo para estabilizar un gobierno monárquico, pero al menos contribuye aunque sea un poco.

    Esta fastuosidad monárquica contradecía el anterior carácter austero de los Califas anteriores, y es aquí donde se comenzó a idealizar el régimen anterior, con la típica conclusión mal hecha de que “todo tiempo pasado fue mejor”, por lo que los Califas, con sus virtudes y defectos, fueron en cierta forma idealizados, y es por ello que se conocen como los “Califas Justos”.

    Sin embargo sus súbditos no islámicos -que eran mayoría en el vasto Imperio Califal- apoyaron al Califa Monárquico, pues sus abuelos y hasta algunos padres conservaban el recuerdo de los antiguos Emperadores Romanos y Reydereyes Sasánidas, vestidos de un modo fastuosamente lujoso, y separados del resto de los mortales.

    Esta situación podría tarde o temprano explotar, entre los musulmanes molestos con el estilo monárquico (al que veían como despotismo idólatra, narcisista y blasfemo) y los partidarios de la dinastía Omeya, pero gracias al buen hacer de la gestión de Moauiyeh, hubo relativa paz interna… al menos durante su vida.

    Pero a su muerte, en el 680, estallaron rápidamente las rebeliones de aquellos antiguos partidarios de Ali, junto a los partidarios de sus descendientes, por lo que nuevas guerras civiles azotaron al gigantesco Imperio Musulmán, durante un periodo de 12 años.

    En ese periodo los partidarios de la familia de Ali, llamados Shias, apoyaron a los dos hijos del último de los Califas Justos, por lo que hubo rebeliones encabezadas por estos dos: Hasán y Husayn, pero el resultado de la guerra civil fue adverso para los Shias, por lo que desistieron, al menos durante algunos años.

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    Al final de la guerra civil, en el 692, el Califa Omeya del momento, Abdal Melik se dió cuenta de que las crónicas guerras civiles habían disminuido considerablemente al número de guerreros, oficiales y partidarios, no sólo de los Omeyas, sino ya del dominio árabe, por lo que ahora los árabes eran todavía más minoritarios en el Imperio.

    Sabía que en cuanto se dieran de la aguda inferioridad numérica de los árabes,  y de su endémica debilidad étnica, los pueblos no árabes comenzarían a tramar rebeliones nacionalistas, y lo peor no era eso: lo peor era que los mismos “ciudadanos de segunda” podrían conspirar junto con todo el cuerpo burocrático de origen griego, egipcio, judío, arameo e iranio, para acabar con los oficiales militares, los terratenientes, y los líderes religiosos árabes.

    Es por ello que, lleno de celo racial, el Califa decidió enquistar fuertemente a los árabes como la clase gobernante, pues si no podían volverse mayoría en toda una generación, al menos no le darían la oportunidad a los funcionarios no-árabes de unirse junto a los súbditos y quitarles su dominio: por ello Abdal Melik impulsó los primeros pasos de la reforma Califal, por la cual el idioma árabe reemplazaría al Griego y al Pahlab como idioma administrativo.

    De esta forma comenzó a disminuir la dependencia de los árabes hacia los funcionarios y burócratas griegos, egipcios, judíos, arameos o iranios, pues los jóvenes hijos de los terratenientes y de los oficiales (que por necesidad de sus familias de mantenerse en el poder conocían aquellos idiomas –indispensables para tratar con los burócratas gubernamentales- desde hacía generaciones) podrían educarse primero con los viejos funcionarios no-árabes, y luego desempeñar sus funciones al retirarse estos, traduciendo, adaptando o incorporando todos los términos técnicos extranjeros al idioma árabe.

    Esto gradualmente le proveyó al idioma árabe de una gran riqueza de términos, provenientes de esos otros idiomas, iniciándose las escuelas de los grandes gramáticos de aquel idioma semita en el Imperio Islámico.

    El paso lógico siguiente que darían tanto Abdal Melik, como sus sucesores fue el de usar el árabe como única lengua oficial del ejército, seguido por hacer obligatoria la confesión de que “sólo hay un Dios y Mahoma es su profeta” convirtiéndolos prácticamente en nuevos musulmanes.

    Luego llegó el tiempo de aplicar el impuesto conocido como Giezya, que es el impuesto adicional que debían pagar los no musulmanes para que se les respetara su credo y se les dejara en paz ¿Y quién tenía el poder para decidir si se respetaba o no a los otros grupos religiosos, que sumados eran mayoría? Lógicamente el ejército, y tenía este que ser un ejército compuesto en su mayoría por fuerzas regulares islámicas.

     Antes de estas reformas Omeyas, los ejércitos Califales estaban compuestos por un núcleo pequeño, pero duro, de árabes musulmanes, en torno a los cuales se agrupaban las otras tribus árabes: tribus judías, cristianas, y paganas. Luego seguían las fuerzas mercenarias, de unidades de caballería, arquería e infantería compuestas por aguerridos pueblos paganos, dualistas, o cristianos. Y para inflar más el número, se solía hacer una leva de milicianos sacada de entre los súbditos griegos, egipcios, judíos, arameos e iranios, complementada con algunas unidades pequeñas de conversos no-árabes al islam, junto con la cada vez más importante leva de libertos eslavos convertidos también al Islam.

    De esta forma se entiende que de todos los ejércitos disponibles, los musulmanes constituían, quizás un 30% cuando mucho, por lo que era muy peligroso que la aristocracia árabe islámica (que gobernaba vastos territorios fuera de su hogar ancestral) siguiera disminuyendo por efecto de las estériles guerras civiles, pues rodeados como estaban de guerreros tanto “infieles”, como de no-árabes, podrían todos ellos en un momento dado abandonar o inclusive combatir a la minoría islámica, eliminándolos.

    Pero gracias a estas reformas no sólo comenzó el proceso de islamización y arabización (lingüística) del ejército, sino que poco a poco, gradualmente, pero cada vez más numeroso, surgió un fenómeno social dentro de los súbditos “incrédulos”: se comenzaron a convertir también al Islam.

    Estas conversiones se hicieron de manera superficial, pues sólo lo hacían para librarse de la Giezya: para no tener que pagar ese impuesto especial a los no-musulmanes.   

    Sin embargo estos nuevos conversos naturalmente tenían hijos, pero las costumbres legales del Califato prohibían que los padres musulmanes educaran a sus hijos en cualquier otra fe. Así que de este modo surgió una gran necesidad de instrucción para estos nuevos musulmanes, tanto militares como civiles.

    Y es aquí donde surge en plenitud la figura del Ulema, es decir, del maestro de religión “Mahometana”, pues a mayor demanda, mayores oportunidades de ofertar conocimiento, y mayores los árabes islamistas dispuestos a enseñar (tanto por piedad y vocación religiosa, cómo para lograr cierto poder y hasta “administrar” las limosnas.)

    Entonces el fenómeno social de estos conversos superficiales dió paso al fenómeno social de los hijos de estos conversos: los islamizados de segunda generación, al haber sido educados en la religión musulmana, eran más sinceros que sus padres, pues eran auténticos musulmanes de corazón, y seguidores de la autoridad de estos Ulemas, que habían pasado de ser simples particulares árabes, a convertirse en auténticos líderes religiosos que detentaban cierto poder sobre sus fieles.

    Pronto otros Ulemas más interesados en alcanzar poder político-religioso, se dedicaron a instruir exclusivamente a ciertas etnias y pueblos, pues de este modo podrían hacerse de una facción unificada desde la cual escalar posiciones en un Imperio que de cualquier otro modo no les ofrecía casi nada de posibilidades de ascender en la escala social.

    En el caso de los Shias, los predicadores del Islam partidarios de la familia de Ali se dedicaron a convertir a los pueblos de Mesopotamia, sobre todo Arameos e Iranios, por lo que el Shiismo, en su etapa de fortalecimiento numérico y engrosamiento de la facción, fue tomando un tinte cada vez más iránico, persa y mesopotámico, ya que estos conversos se volvían musulmanes, pero no árabes de cultura, sino que preservaban cualquier aspecto de sus tradiciones pre-islámicas que no contradijeran a los preceptos más básicos del Islam.

    Luego los Shias hicieron otros intentos de hacerse con el poder, como en la tercera guerra civil en el año 740, que, si bien no les dio el poder a los Shias, si fue un movimiento destructivo que acabó con la dinastía de los Omeyas mayores 10 años después.

    Así vemos pues que el Imperio Mundial Califal continúa extendiéndose, hasta llegar a la india, y a las fronteras con el Imperio Chino al oriente, mientras que llega al Atlántico, gran parte de España y hasta partes de Francia al occidente. Este crecimiento se dio bajo la Dinastía de los Omeyas mayores, Dinastía que retuvo el poder en Damasco durante 89 años, desde el 661 hasta el 750.

    En este vasto Imperio Mundial, comenzó el gradual fenómeno de la islamización y la arabización (idiomática) de gran parte de sus habitantes, sin embargo, estos procesos fueron impulsados por gentes que no buscaban la unidad incondicional del Imperio, sino que cada quien buscaba su propio poder, y si era necesario romper la unidad para imponer su poder, lo harían, guerras mediante.

    En este mundo de guerras civiles, fermentación cultural, y disputas políticas que poco a poco se transformaban en divisiones y distinciones sectarias dentro de la religión del Islam: es en este mundo en el que nació Abanamaqfar.

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Javier Solís en Nueva York: Álbum ganador del premio GS a la excelencia cultural.


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    El cantante más técnico y estilizado de la música ranchera Mexicana, el llamado “cantante perfecto”, “la voz de terciopelo” el Rey del bolero ranchero, Javier Solís, venía de sacar un álbum magistral con banda (Javier Solís con banda, puedes ver la reseña AQUÍ) en Nueva York, del cual las ganancias fueron destinadas a organizaciones sin ánimo de lucro.

    No obstante este disco no fue muy bien recibido en México, en el año en que el que salió: una vez más la cerrazón de las masas a los pequeños cambios fue la causa de ello. Entonces Javier Solís decidió mostrar su nuevo material con la comunidad Mexicana en Estados Unidos, por lo que emprendió una gira en dicho país de las barras y estrellas.

 

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    Durante esa gira, Javier contacto al músico estadounidense Chuck Anderson, con el cual acordó hacer otro proyecto distinto a lo hecho en los inicios de la carrera del rey del bolero: un álbum ejecutado con orquesta, el cual fue llamado “Javier Solís en Nueva York” que es el álbum que nos ocupa:

 

    Para presentar este álbum Javier dijo: “Quiero presentar a ustedes este disco con el fin de acercarme al nivel de otros artistas de géneros románticos, y así poder demostrar una vez más que los interpretes de la canción Mexicana si tenemos versatilidad” y esta es la razón de ser de “… en Nueva York.”

 

    Lado A:

    Arranca el álbum con la archi-conocidísima melodía de “Solamente una vez”, una de las más famosas de Agustín Lara. Esta canción arranca con unos arreglos exquisitos de saxofón, violines, flautas y arpas, alternando a voces distintas, creando una introducción sumamente elegante y romántica, para este bolero orquestal. Entonces entra con suavidad la voz del Rey del bolero: el álbum acaba de iniciar mostrando claramente de que va, con una orquestación técnica de suprema suavidad…

 


    Otra gran canción memorable inicia, con arreglos sumamente bohemios en tonos menores al más puro estilo del bolero jazzístico: “Beeeesame… besame muuuucho…” canción magistral y ya todo un clásico de Conchita Velázquez. Los arreglos menores semitonales para esta pieza contribuyen a darle “variedad” al álbum casi desde el principio… bueno, variedad si tomamos en cuenta que aquí son puros boleros al estilo “Big band”. Los trombones aquí crean esa sensación exótica de “Jazz-Boleriano.” Juro que este sería un excelente soundtrack para una película noir.

 

 

    “Siboney… yo te quiero… yo me muero: por tu amor…” Entra pues esta zarzuela tropical compuesta por Ernesto Lecuona a un amor juvenil: a su amada e idealizada india Siboney que conoció en algún Manigual.

 

    Entrados pues en estos matices menores, ya sean jazzísticos, exóticos, o tristes, llega una introducción sutil y de elegancia magistral: estamos ante la canción “Tres palabras”, con muchos de los arreglos más característicos del bolero bohemio, pero esta vez orquestado con violines. “Son tres palabras, solamente mis angustias, y esas palabras son: ¡Cómo me gustas!” Merecen la mención los arreglos preciosistas de la flauta transversal en el interludio y el final de la canción, demostrando alta clase a la hora de introducir arreglos.

 

    Otra intro lenta, pero acompañada esta vez por marimba y por un requinto con figuras muy bien acertadas, dándole otro matiz variado: es la canción también muy conocido de “Perfidia.” Mención especial merece el excelente guitarrista que creó y ejecutó dichas figuras tan acertadas: Amado Díaz Muñoz.

 

    Entonces llega una canción inquietante: el arpa comienza a dar una sola nota y a repetirla, luego Javier: “como las tamboras que se oyen por la selva resonar, como el tic tic tac del reloj que cuenta las horas al pasar…” y mientras canta simulando las manecillas del reloj, los violines crean suspenso, así como los trombones que se suman, formando todos ellos un inicio misterioso e increíble, es la canción de Noche y día, o “Night and Day” del compositor Estadounidense Cole Porter. Aquí el magnífico Javier va aumentando la intensidad y la fuerza de su voz de un modo gradual hasta el final donde mezcla magistralmente ¡Por paradójico que parezca! la fuerza y la suavidad de su voz…

 


Lado B:

 

    El lado B del disco inicia con una introducción sumamente hermosa y pletórica que proyecta la maravilla de la naturaleza: estamos ante “Vereda tropical.” Con unos arreglos tan alegres, románticos, maravillosos y con ese encanto místico que produce el trópico y las costas a los que no nacimos allí. Mención aparte merecen los monosílabos bien interpretados por el cantante Mexicano.





    “Quiéreme mucho” entra con uno de los más hermosos arreglos de requinto. Cada matiz aporta de modo discreto y moderado a la belleza de esta pieza magistral.

 

 

    La versión bolero de “Maria Elena” con marimbas que suenan de un modo tan “folclórico” contribuyen a mantener la dulzura, algo “empalagosa” de este vals bolerizado.

 

    Luego llega la canción que inicia de una manera “somnífera” haciéndolo intencionadamente, ya que es la canción de “Duerme”, aunque el final quizás despierte al escucha que se estaba quedando dormido, porque suenan estridentemente los trombones. “Te quiero, dijiste” es la penúltima canción, y para cerrar llega “Cuando vuelva a tu lado.”

 

     El único defecto que le suelo encontrar a muchos de los álbumes magistrales de los grandes artistas, es que dejan las canciones menos llamativas para el final, por lo que los cierres suelen ser algo flojos. Es quizás uno de los poquísimos defectos que le encuentro a este álbum, y sin embargo la elegancia sutil de los arreglos orquestales, la excelsa e inigualable voz -quizás la más grande que ha dado México- y la belleza de las canciones hacen de este álbum una de las joyas de la excelencia musical, y por lo tanto, merecedor de este premio: 

 

Álbum: Javier Solís en Nueva York.

Género: Bolero, Zarzuela, Orquesta sinfónica, Big-band, Música Romántica.

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Lado A:

1. Solamente una vez.
2. Besame Mucho.
3. Siboney.
4. Tres Palabras.
5. Perfidia.
6. Noche y Día.

Lado B:

7. Vereda Tropical.
8. Quiereme Mucho.
9. María Elena.
10. Duerme.
11. Te quiero dijiste.
12. Cuando vuelva a tu lado.

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